VIAJES MÍSTICOS


MISIÓN DE HIKING MÍSTICO ANCESTRAL

Empoderar mujeres es la Misión de la alianza entre @trueselfadventures y @anastasiagomez.coach

Nosotras, Gabriela Guedez y Anastasia Gomez,  te invitamos al reencuentro con las raíces, con lo femenino, con tu Yo interior; sin distingo de raza, clase social, cultura o religión, te llevamos a redescubrir a la mujer
guerrera, la niña, la bruja, la amante, la maga. Todas ellas están dentro de ti. La energía femenina es la
que sostiene el planeta y caminar juntas al aire libre apoyándonos cuando subimos una montaña es
volver a lo simple, al origen, a vibrar con la madre tierra.

En subidas y bajadas liberamos miedos y nos abrimos a compartir vivencias, así sanamos y expandimos nuestra consciencia.
En esta conexión de almas que buscan mimetizarse con el planeta, sintiendo el dolor, el amor, nuestra
misión es invitarte a vivir tus sueños.

El Camino de Santiago

No recuerdo cuantos años teníamos mi hermana y yo cuando hablábamos de hacer el camino de Santiago. Quizás esas conversaciones se remonten a nuestra adolescencia. Lo cierto es que crecimos, yo me case y me fui de casa, me mude de ciudad y comencé a construir mi familia. Después de cuatro años nació nuestra primera hija, a los diez meses quede de nuevo embarazada y nació nuestro hijo. Me dedique a trabajar, a estudiar y a la familia. Y así fueron pasando los años. Y muchas veces salía a la luz el camino. ¿Cuándo haremos el camino? Ya llegara el momento, nos decíamos.

En aquella época, estando ya mi hija en el maternal, conocí a una mama de otro niño que asistía al mismo colegio. Entablamos amistad y también era mi paciente.

Recuerdo en las consultas, ella acostada en el sillón con la boca abierta y yo tratando de trabajarle, hablábamos de la vida y oh sorpresa, el Camino de Santiago, también era unos de sus sueños. Ella tenia tres hijos pequeños también y decía: ¡algún día lo hare! Quizás lo hacemos juntas.

Tendría yo unos 42 o 43 años cuando me toco recorrer otro camino, el Camino Inca. Era otro sueño compartido con mi hermana. Ese viaje lo planificamos y lo llevamos a cabo un mes de septiembre recuerdo. Fue perfecto, dos días en Lima, dos días en el cuzco y dos días en aguas calientes y Machu Pichu

Y el camino de Santiago seguía esperando por nosotras o nosotras por él.

En el 2011 mi esposo y yo decidimos emigrar de Venezuela junto a nuestros hijos. Colgué los guantes y mi vida como odontólogo quedaba hasta allí. Fue el duelo más duro para mí, dejar a los pacientes a sabiendas que no habría retroceso, al menos en la profesión que gratamente ejercí durante casi veinte años.

Estaban nuestros hijos en plena adolescencia, doce y catorce años. Entonces me quede en casa durante los primeros tres años. Luego me incorporé a la empresa familiar, donde ejercí labores administrativas por dos años, cosa que nunca había experimentado. Siempre había sido independiente. Luego renuncié y en diciembre del 2016 me dije, es ahora o nunca. Ya tenia cincuenta y un años.

Llame a tres amigas y a mi hermana y les plantee hacer el camino. Mi hermana estaba con su hijo pequeño y desistió. No era su momento. Solo mi amiga Gaby acepto el reto.

Entonces ese veinticuatro de diciembre estando ella en Houston y yo en casa en plena cena de navidad hicimos un alto y nos conectamos vía telefónica, cada una sentada frente a la computadora y compramos los boletos Madrid-Miami. Ese fue mi auto regalo esa navidad. Así que en ese primer trimestre del año nos dedicamos a investigar que ruta queríamos hacer.

Tuve la suerte de contar con el apoyo de Gustavo, un amigo de mi esposo, quien habría hecho el camino francés tres veces. Pues lo llame y le solicite apoyo y guía. El no dudo y me paso toda la información de su último camino. El habría recorrido las ultimas nueve etapas del camino francés. En su correo iba incluido un anexo en Excel donde detallaba claramente el día, la ruta, los kilómetros, el lugar donde había pernoctado, el teléfono y la persona contacto. También los localizadores de vuelos y el costo de cada hotel. Todo planificado y ordenado. Me pareció maravilloso, así que le pase la información a Gaby, mi amiga, lo conversamos y tomamos la decisión de caminar las mismas nueve etapas hasta llegar a Santiago. Desde ese mismo momento comenzamos a investigar las rutas y a establecer cuantos kilómetros íbamos a caminar diariamente.

Nos dividimos el trabajo, ella reservaría algunos hostales y yo otros. Fueron pocos los hostales y hoteles que reservamos vía internet, casi todas las reservaciones eran vía telefónica. Me llamaba mucho la

atención que no pedían garantía de tarjeta de crédito. Yo honestamente desconfiaba ya que siempre me decían: “dos días antes de llegar llame y confirme, es importante que confirme que vienen bien en el camino”. Tiempo después entendí a que se referían.

Yo compre los boletos del tren que nos llevaría de Madrid hasta Foncebadon, ciudad donde comenzaríamos a caminar.

Leí mucho en internet, no me conforme con la información que me habían dado. Busque en muchas paginas las recomendaciones acerca de que comprar y que llevar.

Esos meses me toco comprar de todo, desde las botas de senderismo hasta las curitas o bandaids que llevaría.

El miedo y la incertidumbre no dejaban de rondarme. El no saber si encontraríamos donde comer en el camino me generaba un stress enorme. También me daba susto con qué tipo de personas nos toparíamos. Miedo quizás producto de mis historias de un pasado remoto de niña víctima de abuso.

Pero nada me detuvo. La decisión estaba tomada y pronto realizaría uno de los mas grandes sueños de mi vida, el Camino de Santiago.

El día de mi cumpleaños, en febrero, mi esposo y mis hijos me regalaron el morral o mochila y los palitos para caminar. Desde ese momento comencé a entrenar con las botas. Hacia caminatas largas en medio de la ciudad donde vivo, Miami, ciudad plana por demás, así que en el gimnasio me dedique a fortalecer las piernas con máquinas y pesas.

Ampollas en los pies me saque en esas caminatas a pleno sol. Salía muchas veces al mediodía para tratar de adaptar mi cuerpo a lo que me venía, ya que caminaríamos de veinte a treinta kilómetros diarios durante nueve días seguidos.

Siempre he sido muy practica a la hora de empacar para un viaje, pero este viaje era muy diferente. Debíamos viajar lo mas ligeras posible. A pesar de que estábamos llevando una maleta de mano o carry on y la mochila, confieso que no recuerdo cuantas veces arme y desarme la maleta. Todavía el día antes de emprender viaje, mi amiga y yo nos conectamos con una video llamada y veíamos nuestro equipaje.

Mi emoción era la de un niño cuando recibe un juguete en navidad mezclado con el miedo de mi adulta a lo desconocido, a lo nuevo, a lo inesperado.

Toda una vida soñando y por fin estábamos por comenzar. Gaby voló desde Houston hasta Miami, ciudad desde donde comenzaría nuestra aventura.

Llego el día, era veinticuatro de abril del dos mil diecisiete. Partimos desde mi casa, mi mama y mi hija fueron las responsables de llevarnos al aeropuerto. Por primera vez en mi vida viajaba yo en chancletas, mis botas iban en la maleta.

Llegamos al aeropuerto, nos bajamos, nos colgamos nuestros morrales en la espalda, agarramos nuestras maletas y nos despedimos. Todavía recuerdo ese momento cuando me colgué la mochila por primera vez en mi espalda y le pedí a mi hija que nos tomara nuestra primera foto. Era de espalda para que se pudiera ver el morral y la bandera de Venezuela que le había colocado, símbolo que llevaría con orgullo a mis espaldas en todo el camino.

Chequeamos, hicimos inmigración y esperamos hasta que finalmente abordamos el vuelo de ocho horas que nos llevaría directo a Madrid.

Comenzó la aventura. Fue un vuelo perfecto, íbamos en asientos separados lo cual era perfecto para mí, así podría leer, ver películas, escribir, dormir o lo que se me viniera en ganas. Igual a Gaby. A las ocho horas aterrizamos y luego de hacer inmigración, nos dirigimos a unas oficinas donde dejamos parte de nuestro equipaje, tomamos el tren y nos fuimos a caminar por Madrid. Nuestro tren saldría esa misma tarde a Foncebadon.

Este maratón no se los recomiendo. Con el cambio de hora, el cansancio y el stress no vale la pena.

Pero así lo habíamos planificado. Todo nuestro itinerario estaba escrito en una hoja de Excel. Lo que no estaba escrito era lo que nos depararía el camino. Temerarias, emprendedoras y arriesgadas.

Estábamos realmente agotadas, pero creo que la excitación era tan grande que no nos dimos cuenta y así fue pasando el día en Madrid y a la hora estimada nos devolvimos al aeropuerto, tomamos todo el equipaje y nos fuimos hacia la estación de tren. Allí nos sentamos en las sillas a esperar. No éramos las únicas peregrinas, había otros tantos. Había un trio de señoras bastante entradas en años en sandalias, pantalones tipo pescador y mochilas con palitos. Cuando digo entrada en años, créeme ninguna tenía menos de 65 años. Cruzamos palabras y les preguntamos si iban a hacer el camino. Su respuesta fue afirmativa. Entre ellas se reían y nos contaban que lo habían hecho durante muchos años y que siempre caminaban etapas diferentes.

Esa misma noche estaríamos llegando a nuestro destino, punto inicial del camino que habíamos planificado. En menos de veinticuatro horas habíamos cruzado el atlántico, también un recorrido en tren de cinco horas y finalmente al bajarnos del tren tomamos un taxi y fuimos directo a un albergue público a comprar el pasaporte peregrino. Compra obligada de todo peregrino que emprende, ya que es costumbre ir estampando sellos que van quedando impresos en señal de que estuviste en el pueblo o ciudad por donde vas pasando, para que al final cuando llegues a Santiago la arquidiócesis te pueda emitir la Compostela.

Ya era 26 de abril, ese día comenzábamos a caminar. Cuando me desperté y me di cuenta de que día era, mis lagrimas brotaron y recorrieron mis mejillas. Justo ese día mi papi estaba cumpliendo siete años de haber partido de este plano. ¿Casualidad? La verdad no creo en las casualidades. Creo en las señales del camino. En ese momento me pregunte, será que estoy cumpliendo su sueño o realmente es el mio. Eso nunca lo sabré porque la verdad no recuerdo que hablara del camino.

Apenas comenzó el primer día de caminata comenzamos a compartir y a conocer a otros peregrinos de diferentes partes del mundo. Las fotos y los videos que hacíamos para dejar plasmados los momentos para después compartirlos o simplemente disfrutarlos a solas, eran paradas obligadas en el camino.

Así transcurrieron los dos primeros días. Ambas llevábamos pequeñas banderas pegadas a las mochilas y muchos peregrinos a su paso nos preguntaban: ecuatorianas o colombianas y respuesta al unísono era, somos venezolanas y les explicábamos las diferencias en las estrellas, etc.

Ya el tercer día mis piernas estaban entumecidas, agotadas. Ni la preparación física había sido suficiente ante aquellas subidas empinadas, las cuestas y las pocas planicies. Y es que resulta que Galicia es un sube y baja, con lomas, caminos de piedra, montañas y uno que otro riachuelo que cruza el camino.

Las comidas al llegar a nuestros destinos eran gigantescas raciones para suplir las calorías consumidas durante las largas horas de caminata.

Y así fuimos avanzando día tras día, conociendo y compartiendo experiencias de vida con desconocidos de cualquier parte del mundo. Confluíamos todos con el mismo sueño, llegar a Santiago.

Cuál era la motivación de cada uno, solo ellos lo saben. Yo por mi parte, solo tenía ese sueño.

Debo confesar que estando en medio del camino sentía que no era la primera vez, que sentía que estaba regresando. Y no solo eso estaba seguro de que regresaría de nuevo. Y así fue. En el 2018 regresé y volví a caminarlo.

No sueñes la vida, vive tus sueños, es la frase que me traje de ese primer camino a Santiago. Y es que se nos pasa la vida y con ella los sueños.

Vamos postergando y postergando y nos decimos, algún día lo hare.

Y si bien es cierto que debemos asumir responsabilidades y que no podemos ir por la vida quebrantando todo solo por ir detrás de un sueño, también es cierto, que si no trabajas y te enfocas en lo que realmente quieres hacer con tu vida, te pierdes.

Pasaron veinte años, mis hijos crecieron y tome una decisión. Me enfoque y trabaje por ello. Busque ayuda y me ayudaron, busque apoyo y me apoyaron. Leí, me informé, entrene y me atreví como muchos se atreven.

Tú también puedes!